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Guerra y éxodo en el Mediterráneo

“Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía […]. Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano”.

Amín Maalouf, León el Africano

En los países de la cuenca mediterránea, desde que somos pequeños, tomamos conciencia del hecho migratorio.

Crecimos amparados en las historias que nos contaban nuestros abuelos, muchos de ellos obligados a emigrar por hambre o por trabajo, por políticas/delirios de grandeza de oxidados dictadores, por el horror de la guerra o simplemente por la búsqueda de un sueño, de un nuevo comienzo. Historias que se repetían a medida que alcanzábamos la adolescencia y que se reflejaban en los ojos desconcertados de aquellas almas en pena, que desembarcaban asustados y ateridos al frío con el que las playas del sur de España, de Canarias, del sur de Italia les recibían.

Para muchos hijos del Mediterráneo, sus aguas les han enseñado a tomar rápidamente conciencia del hecho migratorio: sus corrientes les recuerdan que nacieron para emigrar, y los versos de la Odisea, que se evocan y se repiten de una forma (in)consciente en su imaginario colectivo, a soñar. La historia de nuestros abuelos es su pasado, presente y futuro.

Abordar un tema como la migración sin caer en clichés, repetidos estereotipos, anquilosados prejuicios, sin ofender a nadie, se torna en un proceso de una complejidad infinita, casi imposible. Muchos son los flujos migratorios, muchas las razones que los originan y muy diferentes son a veces las personas que participan de estos éxodos que los anclan a la deriva. Ante la vorágine de los distintos enfoques que da la prensa, la sociedad civil, las empresas, las instituciones… La migración es un fenómeno transversal que afecta y transforma la sociedad del hombre: su futuro y su presente, tal como ya hizo con su historia.

Como fotógrafos, como periodistas, como seres humanos limitados que somos, hemos circunscrito nuestro discurso a los procesos migratorios del Mediterráneo. Por cercanía geográfica y cultural, por nuestras experiencias acumuladas por años de trabajo en este terreno pero también, porque nacer en el Mediterráneo nos obliga a formar parte y nos envuelve de una manera inexorable en el concepto migratorio. Porque nuestras raíces y nuestra fallida memoria histórica nos empuja a querer ir más allá, y nos obliga a dar un paso más. Porque cerrar los ojos y no entender lo que pasa a nuestros hermanos geográficos es no entendernos a nosotros mismos.

Es esa búsqueda constante la que nos empuja y nos hace comprender que las migraciones que afectan al Mediterráneo empiezan más allá. Subrayar que el clásico movimiento de seres humanos de sur a norte es ahora más abundante, señalar que existe un flujo aun más grande de este a oeste. Decir bien alto que todo esto, que ya antes era alarmante, parece haber crecido de forma exponencial desde finales de 2010. Las guerras de la cuenca mediterránea han creado un océano de refugiados, han esparcido la cultura del miedo y han abierto nuevas rutas para el tráfico de seres humanos que escapan de conflictos tan lejanos como Congo, Mali o Sudán, y están desdibujando las fronteras de la vieja Europa, ante la perplejidad e incoherencia en sus decisiones.

Contar todo esto es nuestro afán, explicar por qué sucede es nuestra obligación. Abordar el problema en serio implica no solo hacerse cargo de las muchedumbres que llegan, sino también de las causas que les obligaron a huir de donde vienen. La guerra, “la madre de todas las cosas”, como decía Heráclito, continuará, cristalizando incongruencia y paranoia al eco de “las hordas bárbaras” a las puertas de Europa; alimentando la cultura del miedo y con ella la xenofobia, racismo, campamentos ardiendo… Contarlo, pues, es sin más, nuestro camino.

“Europa no debería tener tanto miedo de la inmigración: todas las grandes culturas surgieron a partir de formas de mestizaje”.

Günter Grass

De la mirada en la imagen

“Aquí y allá, la facultad de la memoria condujo a los hombres a preguntarse si, al igual que ellos podían preservar del olvido ciertos acontecimientos, no habría otros ojos observando y registrando unos acontecimientos que de no ser por ellos quedarían sin atestiguar. Tales ojos eran atribuidos a sus ancestros, a los espíritus, a los dioses o a una sola deidad. Lo que veía ese ojo sobrenatural estaba inseparablemente ligado al principio de justicia. Era posible escapar de la justicia de los hombres, pero no de esta justicia superior a la que nada se le ocultaba”.

John Berger (2000: 47-51)

A pesar de que nuestra sociedad está dominada por la imagen, no lo está por la mirada. No me refiero al mero acto de ver fotografías, sino a que falta la mirada crítica y reflexiva. Parafraseando una idea de Bruce Gronbeck, no debemos asumir que ver es creer (o conocer), como así lo ha hecho tradicionalmente la cultura occidental (Gronbeck, 2008: xxi).

Kevin G. Barnhurst publicó en 1994 un estudio sobre las razones para reconsiderar la historia del fotoperiodismo. El significado que las imágenes fotográficas adquieren en el ámbito del periodismo está íntimamente relacionado (para Barnhurst derivan directamente) con los objetivos, usos y significados de las imágenes en la sociedad (Barnhurst, 1994: 17). Así, para él existían, y creo que es todavía una categorización válida, dos historias de la fotografía y del fotoperiodismo: la tradicional y la crítica. Los autores afines a la historia tradicional, como la denomina Barnhurst, parten de la firme convicción de que la evolución tecnológica nos lleva directamente a reproducir la realidad más miméticamente.

La historia crítica, y el propio Barnhurst, entienden que esta idea de la historia y el significado de las imágenes tienen lagunas. La primera y más importante es la afirmación de que las imágenes reproducen la realidad. Para muchos autores críticos, como Gombrich (1994) o Goodman (1976), las imágenes no reproducen la realidad, sino que la representan de acuerdo a una serie de convenciones visuales y culturales. La fotografía no es una ventana y, por supuesto, no es la verdad. La verdad es compleja, difícil, dolorosa, tiene sabor y aroma.

Por tanto, una forma de representación que ahonde en la naturaleza de la propia realidad es, entre otros para la Gestalt, la vía más inteligente para la representación del mundo, ya que no se basa en un aprendizaje cultural de las formas y su reducción bidimensional, sino en facultades “más elevadas de la mente humana” que incluirían “los procesos sensoriales periféricos —visión, audición, tacto, etc.—” (Hogg, 1969: 238).

A esta última afirmación se suma la idea, aportada también por Barnhurst, Sontag (1996), Panofsky (2001) o Berger (1972), de que el contenido al que hacen referencia las imágenes no es solo lo que está dentro del encuadre, sino también la historia y cultura visual de la sociedad donde se crea y difunde, los mitos, los símbolos e incluso la propia historia del arte como medio de expresión de la realidad y sobre la realidad desde los inicios del hombre en la Tierra.

Por tanto, como la copia literal de una realidad no explica la realidad (no la explica a un nivel profundo) es necesario usar técnicas que, partiendo de la toma de la realidad, permitan exponer, explicar y narrar por parte del fotógrafo dicha realidad en su complejidad, no solo su superficie; y permita al lector leerla y entenderla más en profundidad, no solo identificar sus formas.

Pero para conseguir esto se debe formar y ayudar al ciudadano a ejercer una mirada crítica y reflexiva. Y es fundamental también hacer llegar a la sociedad obras de profunda carga conceptual que de forma consciente vayan más allá de la imagen como ventana. Esta es una de las motivaciones de la exposición itinerante “Mare Nostrum. Guerra y éxodo en el Mediterráneo”, de la cooperativa MeMo, inaugurada por primera vez en el Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos Pablo Serrano, bajo el patrocinio del Gobierno de Aragón y del Grupo San Valero en diciembre de 2016.

La cooperativa MeMo está formada por cinco fotoperiodistas que arriesgan sus vidas en los lugares más peligrosos y desagradables del planeta. Son esa mirada crítica y reflexiva de una sociedad que los necesita, aunque no se dé cuenta de su papel clave en el mantenimiento de la delicada democracia y la justicia. Dan voz a los que sufren y nadie atiende.

Manu Brabo (España, 1981), Fabio Bucciarelli (Italia, 1980), José Colón (España, 1975), Diego Ibarra Sánchez (España, 1982) y Guillem Valle (España, 1983) han viajado, vivido y convivido con los migrantes de la cuenca del Mediterráneo, desde las guerras de las que huyen, hasta los países que (no) les acogen, pasando por el mar, las fronteras y los campamentos. Han arriesgado su vida y su salud en el mismo centro del fuego cruzado, han dormido en casas abandonadas, han sido secuestrados, liberados, heridos y abandonados. Quizás por eso, y por su profesionalidad y experiencia, conocen y entienden tan profundamente el drama de los movimientos masivos de personas que están sucediendo en la cuenca del mar Mediterráneo.

MeMo ha tomado cientos de fotografías, ha grabado vídeos y audios de esta odisea. La exposición y todo el material recogido en este catálogo interactivo no solo ahondan en la guerra y sus consecuencias, sino también en las personas que las sufren desde la individualización de su desamparo con un fotoperiodismo crítico que no busca reproducir la realidad con fórmulas visuales tradicionales, sino desde la reflexión y la complejidad de una verdad que no solo tiene forma, sino también movimiento y sonido.

“—[…] Examina, pues —dije—, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera de alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

—Mucho más —dijo”.

Platón, La República, libro VII

Octubre, 2016

Bibliografía

BARNHURST, Kevin (1994): “Photography as Culture. Reconsidering the History of Photography” en Medien & Zeit: Kommunikation in Vergangenheit und Gegenwart, n.º 09/94, Universität Wien, pp. 17.

BERGER, John (1972): Ways of Seeing, London, Penguin Books.
—— (2000): “Usos de la fotografía”, Revista Elementos, Ciencia y Cultura, n.º 37, vol. 7, febrero – abril, pp. 47-51.

GOMBRICH, Ernst Hans (1998): Arte e ilusión. Estudio sobre la psicología de la representación pictórica, Madrid, Debate.

GOODMAN, Nelson (1976): Los lenguajes del arte, Barcelona, Seix Barral.

GRONBECK, Bruce (2008): “Foreword. Visual Rhetorical Studies. Traces Through Time and Space”, en OLSON, Lester; FINNEGAN, Cara y HOPE, Diane (ed.): Visual Rhetoric: a reader in communication and American culture, Thousand Oaks, SAGE Publications, pp. xxi.

HOGG, James et al. (1969): Psicología y artes visuales, Barcelona, Gustavo Gili, p. 238.

PANOSFKY, Erwin (2001): Estudios sobre iconología, Madrid, Alianza Editorial.

SONTAG, Susan (1996): Sobre la fotografía, Barcelona, Edhasa.

CRÉDITOS

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